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25 julio, 2011

CHAN CHAN, LA CIUDAD DE BARRO MÁS GRANDE DEL MUNDO

Foto cortesía de pirindao

A menudo, cuando se habla de arquitectura y urbanismo precolombinos en Sudamérica se evoca únicamente la imagen de Machu Picchu. Sin embargo, Chan Chan, la capital del imperio Chimor, fue la ciudad más grande de América Prehispánica -y de hecho la más grande hecha de barro en el mundo- y antecede en varios siglos a la ciudadela de los incas. Ubicada en el desierto costeño del norte peruano, Chan Chan manifiesta en su planificado y racional urbanismo, en la monumentalidad de sus espacios, en la solemnidad de sus muros y en la riqueza abstracta de sus decorados, una manera muy diferente de entender la arquitectura, la ciudad y el territorio de la que tenían los incas . Por estas razones Chan Chan ha sido considerada Patrimonio Mundial por la UNESCO aunque también ha sido incluida en la lista de patrimonio en riesgo.

The ravages of time. Foto cortesía de now and here.

ANTECEDENTES

Los siglos II al VIII habían visto el desarrollo de importantes culturas, como la Moche, cuyas impresionantes pirámides o huacas hechas de adobe dominaron el desértico paisaje de las costas al norte del Perú. Tras el colapso de los Moche, una nueva cultura heredó algunas de sus características a partir de 850: el reino Chimor o Chimú. Poco a poco, su influencia se extendió desde cerca al Ecuador por el norte hasta Lima por el sur, teniendo influencias de otras culturas contemporáneas, como Cajamarca y Wari.
Los chimús fueron diestros en el arte de la orfebrería, en la planificación de ciudades y en el desarrollo agrícola en áreas desérticas, cultivando un área mayor a la que se cosecha hoy en día.


A diferencia de los incas, que adoraban principalmente al sol, la principal divinidad de los chimús fue la luna y las estrellas, a quienes estudiaban para determinar sus ciclos agrícolas.
“…hacían cálculos anuales a través de las estrellas, más no a través de la luna o el sol; según ellos estas estrellas les proporcionaban alimento y hacían fructificar los sembrados. Observaban el tiempo en que las estrellas salían y determinaban que era en ese momento cuando el año se iniciaba”.
Crónica de Calancha, siglo XVII


El centro de este reino fue la ciudad de Chan Chan, en su época majestuosa e imponente a partir de 1150, pero que fuera destruida por los incas en su avance hacia el norte en 1470. El odio que los chimús tenían a los incas, así como la leyenda de Tacaymayo (el fundador mítico de Chan Chan que llegó del mar junto a sus huestes) fueron factores que facilitaron la tarea a los conquistadores españoles, que llegaron a estas costas 52 años después.


EMPLAZAMIENTO

"La Ciudad del Sol Radiante" (chan significa sol en idioma quignam y sus repetición indica un superlativo) debe su nombre al caluroso clima que se experimenta en las costas de Trujillo, al norte del Perú. Sin embargo, la ciudad se encuentra a 8 km del valle del río Moche, y llama la atención la distancia a este valle, históricamente cultivado por los moches y otras culturas. ¿Cuál es la razón de este emplazamiento?


El investigador Dr. Masato Sakai, en su libro "Reyes, Estrellas y Cerros en Chimor. El proceso de cambio de la organización espacial y temporal en Chan Chan", ensaya una interesante teoría, basándose en el detallado estudio de las estrellas, las cuales eran utilizadas por los chimús para calcular los ciclos agrícolas. Según Sakai, en Chan Chan se desarrolló un sistema de ceques parecidos a los del Cuzco (sistema de líneas sagradas que radiaban de la capital inca y se conectaban a huacas o elementos sagrados). "Éstos habrían utilizado un sistema de organización espacial de su ciudad como medio para acumular información"

El complejo de la ciudadela está compuesto por 10 sectores, cada uno desarrollado por un rey diferente, y por ende, si bien cada uno tiene una clara planificación, no se percibe un diseño integral de toda la ciudad, más allá de su orientación hacia el mar. Estos son, en orden de antigüedad: Chayhuac, Tello y Uhle, Laberinto, Gran Chimú, Squier, Velarde, Rivero, Bandelier y Tschudi.


Sakai parte de la ubicación de un observatorio hecho por el primer rey chimú en Chayhuac, equidistante y casi en ángulo recto con el Cerro Prieto y el Cerro Blanco (donde se encuentran las Huacas del Sol y de la Luna hechas por los mochicas), que a su vez coincidía con la salida de la estrella Sirio, identificada como antepasado de la clase alta. El gesto, además, significaba una continuidad entre las culturas chimú con sus antepasados, los mochicas.

Método para ubicar el sitio del observatorio, basado en Sakai, 1998. Hacer clic para ampliar.
“El observatorio habría sido el centro de la organización espacial de Chan Chan y desde allí se habrían determinado las posiciones de los mausoleos y de los templos. Se utilizaron dos sistemas: el “sistema de eje cerro” y el “sistema de eje del este”; al combinarse ambos, pueden relacionarse mediante equiángulos los templos, los mausoleos y las estrellas”.
“El segundo rey, utilizando el eje del este, construyó los templos estelares simétricamente en dirección a la salida de las estrellas. El tercer rey, creando un nuevo sistema, construyó su mausoleo en simetría con los templos estelares, utilizando como eje al Cerro Prieto”.
Los reyes sucesivos buscaron mantener la continuidad de sus ancestros.

Disposición de las estructuras creadas por el primer rey (izquierda) y segundo rey (derecha) y sus relaciones con elementos del paisaje y cuerpos celestes, por el Dr. Masato Sakai. En su libro "Reyes, Estrellas y Cerros en Chimor. El proceso de cambio de la organización espacial y temporal en Chan Chan", el autor realiza un pormenorizado estudio de las construcciones realizadas por los 10 reyes chimús.

Considero esta teoría muy interesante (y el libro altamente recomendable) pues pienso que da cuenta de una dimensión fundamental en la arquitectura prehispánica peruana: la profunda relación de los hechos arquitectónicos y urbanos con el paisaje y la cosmogonía que los rodeaba, expresada en referencias a estudios astronómicos relacionados con los ciclos de la agricultura.

ORGANIZACIÓN

Existen tres tipos de arquitectura: arquitectura monumental, conformada por ciudadelas que fueron residencia de la clase alta y a las huacas o templos; arquitectura intermedia, corresponde a construcciones de adobe donde vivieron los miembros de la baja nobleza y los curacas locales y arquitectura popular, es la más simple, ubicada en las afueras del complejo y asociada a construcciones de caña y barro utilizada por los artesanos, campesinos, trabajadores y pescadores.

Las ciudadelas se caracterizan por contar con tres tipos de estructuras: audiencias , almacenes y pozos. Las audiencias tenían forma de U y eran locales administrativos de la élite Chimú. Son las que cuentan también con mayor decoración.
Los almacenes, que al parecer no guardaron gran cantidad de alimentos, sino más bien productos especializados considerados un lujo.



MATERIAL: EL ADOBE
El adobe es un material hecho de barro mezclado con arena, cascajo y a veces fragmentos de cerámica, dispuesto sobre moldes y endurecido tras secarse al sol.

La presencia del adobe en Chan Chan, a diferencia de la piedra inca, se debe a una obvia disponibilidad de material en la desértica costa peruana, carente de piedra y madera en grandes cantidades. El adobe, además, tiene propiedades térmicas (fresco en verano y temperado en invierno) y un costo de producción relativamente bajo, aunque requiere un continuo mantenimiento, particularmente en una zona periódicamente afectada por las lluvias de El Niño.


Las ciudadelas fueron construidas usando muros de adobe sobre cimientos de piedra unidos con barro, más anchos en la base y angostos en la cima. Para construir pisos, rellenos de paredes, rampas y plataformas, se emplearon adobes rotos, junto con tierra, piedras y otros desechos. La madera se usó para hacer postes, columnas y dinteles. También se usó la caña el carrizo y la estera. Los techos fueron confeccionados entretejiendo atados de paja.



Algunas sensaciones, a veces contradictorias, emergen de la visita a Chan Chan. La amplitud de sus plazas ceremoniales, la estrechez de algunas de sus calles en comparación con la altura de sus muros y que pareciera estimular o limitar la circulación según el caso, la organización y secuencia de espacios y la rigurosa ortogonalidad y planeamiento de su trazo, orientado mayormente de norte a sur.


Probablemente el complejo más famoso es el Palacio Central o Tschudi. En la siguiente entrega compartiremos nuestras impresiones sobre algunas de sus más importantes características arquitectónicas. Hasta entonces.

VER TAMBIÉN
- ARQUITECTURA MOCHE

- ARQUITECTURA TRADICIONAL EN EL DESIERTO

28 marzo, 2011

LA CASA DE VARGAS LLOSA EN AREQUIPA

Hace unos meses visité la casa del escritor Mario Vargas Llosa en el antiguo Boulevard Parra, en Arequipa, Perú, una vía que ya no es boulevard y que hoy lleva el nombre del ilustre escritor. Estaba pensando en preparar un post al respecto, que complemente aquél sobre el Colegio Militar Leoncio Prado, donde el premio Nóbel de literatura estudiara en su juventud.
Sin embargo y afortunadamente, el propio Mario se me adelantó en una deliciosa columna publicada en el Diario El País -mucho mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo, obviamente-, la cual reproduzco a continuación. Al final de la misma incluyo también un corto vídeo sobre la casa, convertida hoy en un museo sobre el escritor.


LA CASA DE AREQUIPA
Por Mario Vargas Llosa

La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo veinte.

El Boulevard Parra fue construido a principios de siglo, uno de los primeros en romper con el patrón urbano cuadriculado colonial en favor de un arbolado afrancesado. Posteriormente la avenida se ensanchó y se eliminaron los árboles. Por aquí transitaba el antiguo tranvía al balneario arequipeño de Tingo.

Había oído en la familia que desde su lado este se tenía una magnífica vista de los tres volcanes tutelares de mi ciudad natal, pero ahora ya no se ven los tres, solo dos, el Misti y el Chachani, que lucen esta mañana soberbios y enhiestos bajo el sol radiante. En los 75 años transcurridos desde que vine al mundo han surgido edificios y construcciones que ocultan casi enteramente al tercero, el Pichu Pichu. Otro mérito de esta casona es haber resistido los abundantes temblores y terremotos que han sacudido a Arequipa, tierra volcánica, si las hay, desde entonces.

Consta de dos pisos y desde su terraza trasera se divisa una buena parte de la sosegada campiña arequipeña, con sus pequeños huertos y chacras. Su jardín delantero está completamente muerto, pero las lindas baldosas modernistas de la entrada brillan todavía. La familia Llosa alquilaba el segundo piso a los dueños, la familia Vinelli, que vivía en la planta de abajo. La primera vez que yo pude entrar y conocer por dentro la casa donde nací y pasé mi primer año de vida fue a mediados de los años sesenta. Entonces vivía allí, solo, un señor Vinelli, afable viejecito que se acordaba de mi madre y mis abuelos, y que me enseñó el cuarto donde mi madre estuvo sufriendo lo indecible durante seis horas porque yo, por lo visto, con un emperramiento tenaz, me negaba a entrar en este mundo. La comadrona, una inglesa evangelista llamada Miss Pitzer, después de esta batalla tuvo todavía ánimos para ayudar a dar a luz a la madre de Carlos Meneses, que es ahora director del diario “El Pueblo” de Arequipa.

El boulevard Parra se ubica frente a la estación de ferrocarril, construida por empresarios ingleses, quienes hicieron sus casas en Arequipa. Ellos trajeron un nuevo patrón arquitectónico, la casa chalet, con amplios jardines delanteros, diferentes a las casas coloniales cuya fachada se ubicaba a ras de vereda. La casa de Vargas Llosa también pertenece a ese estilo.
Foto de los Hermanos Vargas (hasta donde yo sé, no tienen parentesco con el escritor) c. 1928.

Como solo viví un año aquí, no tengo recuerdo personal alguno de la casa del Boulevard Parra. Pero sí muchos heredados. Crecí en Cochabamba, Bolivia, oyendo a mi madre, mis tíos y abuelos contar anécdotas de Arequipa, una ciudad que añoraban y querían con fervor místico, de modo que cuando vine por primera vez a la Ciudad Blanca –así llamada por sus hermosas iglesias, conventos y casas coloniales construidas con piedra sillar, que destella con la luminosidad de las mañanas–, yo tuve la sensación de conocerla al dedillo, porque sabía los nombres de sus barrios, de su río Chili, de sus volcanes y de esas barricadas de adoquines que levantaban los arequipeños cada vez que se alzaban en revolución (lo hacían con frecuencia).

Mis primeros recuerdos personales de Arequipa son de ese viaje, que tuvo lugar en 1940. Había un Congreso Eucarístico y mi mamá y mi abuela me trajeron consigo. Nos alojamos donde el tío Eduardo García, magistrado y solterón, que era reverenciado en la familia porque había estado en Roma y visto al Papa. Vivía solo, cuidado por su ama de llaves, la señora Inocencia, que puso bajo mis ojos, por primera vez, un chupe de camarones rojizo y candente, manjar supremo de la cocina arequipeña, que luego sería mi plato preferido. Pero esa primera vez, no. Me asustaron las retorcidas pinzas de esos crustáceos del río Majes y hasta parece que lloré. Del Congreso Eucarístico recuerdo que había mucha gente, rezos y cantos, y que un señor con corbata pajarita, en lo alto de una tribuna, discurseaba con ímpetu. Lo aplaudían y mi abuelita Carmen me instruyó: “Se llama Víctor Andrés Belaunde, es un gran hombre, y además nuestro pariente”. Estoy seguro de que en ese viaje ni mi madre ni mi abuela me mostraron la casa en que nací.

Foto cortesía del diario La República

Porque la casa del Boulevard Parra traía a mi madre recuerdos siniestros, que solo muchos años después, cuando yo era un hombre lleno de canas y ella una viejecita, se animó a contarme. En esa casa se había casado, con un lindo vestido de novia, en un oratorio levantado bajo la escalera –lo atestigua la fotografía de los “Vargas Hermanos”, inevitables en todos los casamientos de la Arequipa de entonces–, con mi padre, un año antes de mi nacimiento, y de allí habían partido ambos hacia Lima, donde la pareja viviría. Se habían conocido en el aeropuerto de Tacna poco antes y mi madre se había enamorado como una loca de ese apuesto radiooperador que volaba en los aviones de la Panagra. Mis abuelos habían intentado demorar esa boda. Les parecía precipitada y rogaron a mi madre esperar un tiempo, conocer mejor a ese joven. Pero no hubo manera, porque a Dorita, cuando algo se le metía en la cabeza, nadie se lo sacaba de allí, ni siquiera cortándosela (rasgo que, creo, también le heredé).



El matrimonio fue un absoluto desastre, por los celos y el carácter violento de mi padre. Sin embargo, cuando mi madre quedó embarazada, el caballero pareció amansarse. Mi abuelita anunció que iría a Lima, a acompañar a su hija durante el parto. Mi padre propuso que más bien Dorita viajara a dar a luz a Arequipa, rodeada de su familia. Así se hizo. Desde el día en que se despidieron, el caballero no volvió a dar señales de vida, ni a responder las cartas y telegramas que mi madre le enviaba. Así fue como ella, mientras yo crecía en su vientre y pegaba las primeras pataditas, descubrió que había sido abandonada. “Fue un año atroz”, me confesó, con la voz que le temblaba. “Por la vergüenza que sentía. Durante el primer año de tu nacimiento no salí casi nunca de la casa del Boulevard Parra. Me parecía que la gente me señalaría con el dedo”. Había sido abandonada por un canalla y era ella la que se sentía avergonzada y culpable. Tiempos atroces, en efecto.

Todas las veces que he venido a Arequipa desde entonces y he pasado por el Boulevard Parra a echar un vistazo a la casa en que nací, he tratado de figurarme lo que debió ser la vida de esa muchacha veinteañera, con un hijo en brazos y sin marido, (cuando mis abuelos, a través de un abogado amigo, hicieron saber a mi padre que había tenido un hijo, él se apresuró a entablar una demanda de divorcio), autosecuestrada en esta vivienda por temor al qué dirán. Los abuelos debieron también sufrir mucho con lo ocurrido y pensar que aquello era una deshonra para la familia. Por eso, nadie me quita de la cabeza que la familia Llosa abandonó el terruño al que estaba tan aferrada y partió a Bolivia para poner una vasta geografía de por medio con aquella ‘tragedia’ de la pobre Dorita.

Foto cortesía del diario La República

¿Lo consiguieron? ¿Fueron felices en Cochabamba? Yo creo que sí. Recuerdo mis años cochabambinos como un paraíso. En la gran casa de la calle Ladislao Cabrera, la vida de la tribu familiar parecía transcurrir con sosiego y alegría. Mi madre era joven y agraciada, pero nunca aceptó galanes, en apariencia porque, siendo tan católica, para ella no había más que un matrimonio, el de la Iglesia. Sin embargo, la razón profunda era que, pese a todo, seguía amando con toda su alma al caballero que la maltrató. Que diez años después de su ‘tragedia’ volviera a juntarse con él, así lo demostraría.


Pero esta mañana soleada y hermosísima no está para pensar en cosas tristes y truculentas. El cielo es de un azul impresionista y hasta el desvencijado caserón del Boulevard Parra parece contagiado del regocijo general. El alcalde de Arequipa acaba de decir unas cosas muy bonitas sobre mis libros y si mi madre hubiera estado aquí habría soltado algunos lagrimones. El burgomaestre recordó, también, todo el tiempo que han pasado aquí los Llosa, desde que llegó a esta tierra el primero de la estirpe, a comienzos del siglo dieciocho, don Juan de la Llosa y Llaguno, desde la remota Trucios, un enclave cántabro incrustado en Vasconia. Y por supuesto que mi madre se hubiera alegrado mucho de saber que esta casa que le traía tan malos recuerdos será, a partir de ahora, una institución cultural, donde los arequipeños vendrán a leer y a sumergirse en las fantasías literarias y a soñar con ellas y a vivirlas, como ella me enseñó a hacer para buscar la felicidad cuando todavía yo babeaba y mojaba las sábanas a la hora de dormir.

Mario Vargas Llosa, 2011.

24 enero, 2011

RENOVACIÓN DEL COLEGIO MILITAR LEONCIO PRADO


Mario Vargas Llosa y el Colegio Militar Leoncio Prado han conformado una simbiosis que pasó del odio al amor y que finalmente ha trascendido hasta hacerse universal. El escritor arequipeño, hoy laureado con el Premio Nobel entre muchos otros, fue forzado a enrolarse en este colegio en su niñez por un padre a quien acababa de conocer, y quien quería proveer a su hijo de una rigurosa y disciplinada educación. El contraste de esta nueva forma de vida con los mimos de la familia materna a la que estaba acostumbrado, debió haber sido muy duro para el joven Mario, quien se refugió en la literatura para escapar de ese mundo severo y áspero que encontraba en el colegio. Sin embargo, posteriormente el escritor reconocería que fue precisamente esa férrea disciplina la que le ha permitido organizarse, trabajar y triunfar en el mundo literario, y que fueron esas experiencias de juventud las que nutrieron su primera novela, “La Ciudad y los Perros”.


Cadete Mario Vargas Llosa.

Similar situación experimentó el colegio con Mario, ya que muchas de sus autoridades no estuvieron nada felices con la forma cómo esta institución fue retratada en la novela y posteriormente el cine. Hoy sin embargo, una gigantografía de Vargas Llosa nos recibe al ingresar al colegio, el cual se siente orgulloso de haber contado con el escritor entre muchos otros notables ex-alumnos. Después de todo, no cualquier colegio es el escenario de una obra de literatura universal.


Así como por Vargas Llosa, el Leoncio Prado ha sido reconocido por la excelencia de muchos de sus ex-alumnos y por los aportes de sus profesores a la educación peruana (en los 70’s aquí se preparaban e imprimían los textos que eran distribuidos en todo el Perú), pero, por otro lado, casi no se ha mencionado en los medios la importancia de su arquitectura, fraguada un estilo Art Decó que fue replicado en otros edificios del país y que se convirtió en sinónimo de institucionalidad en esa época.


HISTORIA
El Colegio inició su vida como un cuartel, la llamada Guardia Chalaca, construida en 1932. Los planes de este complejo incluían dos zonas: la de oficiales, incluyendo oficinas, residencia y casinos, y la de la tropa propiamente dicha. A pesar de los planes, fue en sus inicios una instalación modesta, que fue posteriormente abandonada.


Fotos históricas de Cuartel Guardia Chalaca, cortesía del Dr. Aleksandar Petrovich.

Antiguas fotos del colegio.

Fue en 1943 cuando se decidió por orden presidencial la instalación de un colegio militar, al que posteriormente de le dio el nombre de Leoncio Prado, en honor al héroe de la Guerra contra España (1866), la independencia de Cuba (1876) y la Guerra del Pacífico (1879-83).

Monumento a Leoncio Prado al ingreso del colegio
Fotografías de Leoncio Prado cuando niño, tomadas del museo instalado en el colegio.

EMPLAZAMIENTO

El Leoncio Prado se encuentra en el distrito de La Perla, en el Callao, apostado sobre un acantilado que goza de soberbias vistas al océano. El lote rectangular en que se asienta se ubica paralelo al litoral, aunque al estar cercado no hay integración visual con el mismo, a excepción de las oficinas localizadas en los niveles superiores.


DISTRIBUCIÓN

Es notorio el planteamiento simétrico de la organización espacial del conjunto. Al centro, se ubica la dirección y oficinas administrativas, y los pabellones que albergan las aulas y las cuadras que alojan a los estudiantes. Al frente, en el extremo norte, se ubican equipamientos comunes, principalmente el salón comedor. Hacia el este se ubica la cancha de atletismo y el polideportivo y al oeste se emplaza el casino de oficiales, conocido como "la Siberia", la capilla y el Auditorio.


Cabe recalcar que, no obstante la holgura espacial que se percibe en su interior, el uso del espacio público está condicionado a los rangos que ocupan los alumnos según el nivel de educación que cursan. Ningún alumno de tercer año osaría pasar por el área que tradicionalmente, corresponde a los de quinto.

Edificios severos, simétricos adustos, contrastaban con el estilo neocolonial de décadas precedentes y guardaban relación con la función que las acogía.

Auditorio del colegio. Un prisma ortogonal decorado con motivos de diamante que enmarca el ingreso principal.

No obstante esa austeridad, es posible encontrar elementos decorativos en los frisos que evocan ciertos rasgos del arte y la cultura prehispánicos.


Asimismo, se observa una marcado ritmo y repetición en los vanos y elementos estructurales, que aportan a la composición simétrica y predominantemente horizontal de los edificios.


El edificio principal alberga la dirección, secretaría, oficinas de administración y un pequeño museo dedicado al héroe. Su composición parte de una torre central de cinco niveles, desde la cual se va retranqueando el volumen a partir del tercer y segundo piso. De esta manera el edificio logra un porte imponente a pesar de que su área construida no es tan vasta.


Al interior, los largos pasillos se intercalan con pozos de luz y las habitaciones presentan elementos decorativos de la época, particularmente en lámparas, frisos y escaleras.


El tratamiento de la madera en pisos y paredes otorga elegancia y calidez a los ambientes ocupados por los oficiales.


El colegio contaba también aulas, auditorios, talleres, comedor, cocina y área de Casino de Oficiales. También cabe mencionar el centro polideportivo, donde hicieron sus pininos grandes atletas nacionales y sudamericanos.

Vista del Comedor, también usado para bailes y eventos sociales.

El otrora elegante Casino de oficiales, presentaba una fachada rítmicamente adornada con columnas, y en la parte posterior presentaba un prominente volumen semicircular que albergaba las escaleras. Sin embargo al encontrarse en la esquina sudoeste del terreno y recibir directamente la incidencia de vientos marinos devenía en un edificio bastante frío, particularmente en los severos inviernos limeños (la temperatura nunca baja de los 10°C, pero la humedad y el viento lo hacen especialmente frío). Por esta razón se denominó al edificio “La Siberia”.


Además de sus rasgos arquitectónicos, este edificio me sobrecogió por su estado de deterioro, como si hubiera sido objeto de un incendio o un bombardeo. Por supuesto, me cuenta mi anfitrión, que ha habido aquí prácticas militares y hasta filmación de películas, lo cual ha contribuido a su deterioro. Hoy sólo habitan aquí plácidas palomas, que sin duda lo extrañarán cuando la "Siberia" sea demolida.




EL NUEVO COLEGIO

Lamentablemente, este emblemático colegio peruano entró durante los últimos años en un notable proceso de deterioro, al punto de que casi el 80% de su infraestructura está dañada o inhabitable. Esto se debió a la falta de recursos, la acción de la corrosiva de la brisa marina, el insuficiente mantenimiento y la pacificación del Perú, país donde desde hace algunos años el servicio militar no es obligatorio como antaño.


Por este motivo y como parte de un programa estatal de rehabilitación de colegios peruanos emblemáticos, el Leoncio Prado será demolido este enero para dar lugar a una infraestructura contemporánea y funcional.

La nueva propuesta, desarrollada por el grupo español-peruano SanJosé Perú buscará modernizar el colegio dotándolo de aulas, infraestructura y servicios, pero a la vez incorporará rasgos del antiguo y emblemático edificio, presentes en la memoria colectiva de sus autoridades y alumnos. Espero poder reseñar el nuevo colegio cuando esté culminado.

Vistas renderizadas de nuevo CMLP.



Animación 3D de la propuesta

Ad postas de su reemplazo, este post es un homenaje a un edificio histórico y simbólico, que fuera un ejemplo importante de arquitectura Art Decó peruana y que marcó una época en la antesala de la introducción al país del movimiento moderno.

He tenido el privilegio de visitar el CMLP a pocas semanas de su demolición, gracias al apoyo y coordinación generosa de varias personas, a quienes debo la realización de este post.
Agradezco especialmente al Dr. Aleksandar Petrovich, amigo de Mi Moleskine Arquitectónico, por establecer los contactos a distancia; al Crnl. EP Óscar Marimón, por su gentil compañía y dirección durante la visita, y al director del colegio, Crnl. EP José Manuel Qwistgaard y su secretaria Sra. Pilar Gómez, por facilitarme información bibliográfica y documental.


Junto al Crnl. EP Óscar Marimón, frente al monumento del héroe.

Junto al Mayor Otarola, la Sra Pilar Gómez y el Crnl. EP Óscar Marimón