
Este 1 de setiembre se cumplen 71 años del inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa, la guerra más destructiva y sangrienta de la historia (en realidad el conflicto mundial había comenzado dos años antes con la invasión japonesa a China). Entre los múltiples horrendos eventos que acaecieron en este desastre, sin duda uno de los más trágicos fue el sistemático exterminio de varios grupos humanos no militares: el Holocausto. El más grande de estos grupos, y probablemente el que sufrió los vejámenes más crudos y las muertes más espantosas fue el de los judíos, pero también sacerdotes, testigos de Jehová, homosexuales, líderes políticos, comunistas y gitanos fueron asesinados masivamente en los campos de exterminio.
Lamentablemente, la tragedia del Holocausto judío ha sido utilizada comercial y hasta políticamente, en particular cada vez que Israel tiene un conflicto armado con Palestina o alguno de sus países vecinos. La condena internacional casi unánime a estos actos ha hecho perder perspectiva y hasta sensibilidad acerca de los crímenes históricos de los nazis, al punto que hayan algunos grupos radicales que aseguran que estos eventos no ocurrieron y que son parte de un "gran aparato propagandístico sionista".
De entre los muchos puntos de vista desde los que se puede asumir el debate sobre el Holocausto, el interés de este blog se centra en el rol de la arquitectura como un agente que permita educación, sensibilización y homenaje a las personas asesinadas en esta catástrofe. En las siguientes entradas de Mi Moleskine Arquitectónico reseñaremos el papel del diseño paisajista, la arquitectura y la restauración y preservación monumentos como ofrenda a la memoria de aquellos aciagos eventos.
MONUMENTO AL HOLOCAUSTO EN BERLÍN.
El Memorial a los Judíos Asesinados en Europa, o el Memorial del Holocausto es un monumento diseñado por el arquitecto norteamericano Peter Eisenman, ganador de un concurso en 1997. El proyecto se construyó entre el 2003-04, siendo inaugurado el 12 de Mayo del 2005, 60 años después de la culminación de la guerra.

UBICACIÓN
El monumento, que cubre un área de 19,000 m2, se encuentra ubicado cerca a la Puerta de Brandemburgo, en el barrio de Friedrichstradt. Hacia el sudeste se ubica el importante conjunto Potsdamer Platz.
Durante la época nazi, en este terreno se ubicaba la vivienda del nefasto propagandista Joseph Goebbels, y en un extremo de hallaba la cancillería de Hitler, cerca a la cual se encuentra el bunker del Führer. Luego de la división de Berlín durante la guerra fría este terreno se hallaba en la llamada “zona muerta”, el espacio de influencia del Muro de Berlín.


LA PROPUESTA DE EISENMAN
Peter Eisenman es un arquitecto norteamericano que se hizo conocido en el mundo de la arquitectura por ser uno de los fundadores e impulsores del llamado movimiento deconstructivista. Sus propuestas se caracterizaban por la superposición de geometrías, dando lugar a espacios truculentos, tortuosos, que transmitían sensaciones de caos y movimiento (en este moleskine hemos nos hemos referido a algunos de sus proyectos, como una tienda de accesorios lumínicos en Tokio).


Por eso es que me llamó profundamente la atención la propuesta de Eisenman para el monumento de Berlín: una grilla perfecta y racional de 2711 bloques de concreto, de 2.38 m de largo x 0.95 de ancho y cuya altura varía entre 0.2 m a 4.8 m. Cada uno de estos bloques representa una página del Talmud hebreo.

Dentro de esta grilla perfecta hay una característica que evoca al viejo Eisenman, y es que el piso es ondulado, inclinado, lo que me produjo la misma sensación de inestabilidad que sentí al recorrer algunos ambientes de su proyecto en Tokio. Pero además de eso, el adentrarse en esta matriz de cajas brutalistas produce sensaciones de opresión, claustrofobia, desorientación… en suma, caos dentro de un orden geométrico, una referencia a sus antiguos proyectos.

El piso, compuesto por una serie de losetas de piedra y por luces empotradas, describe una topografía ondulada, lo que permite a los visitantes “desaparecer” entre las losas, como sumergiéndose en el agua. “Primo Levi habla de una idea similar en su libro sobre Auschwitz. Él escribe que los prisioneros no estaban vivos pero tampoco estaban muertos. En su lugar, parecían descender en un infierno personal”, señala Eiseman, al descubrir este efecto no pensado al tiempo de su propuesta.

Dado el carácter en extremo abstracto de la propuesta, el arquitecto fue obligado a incluir un apartado subterráneo llamado “Lugar de Información”, que da un poco de contexto al monumento que se visita, y que brinda datos más precisos sobre el Holocausto, incluyendo los nombres de las víctimas. Pero mucha gente no sabe ni tiene idea de la existencia de este espacio, casi oculto tras la serie de losas.

CRÍTICAS
Como era de esperarse, un proyecto de esta naturaleza ha despertado numerosas críticas desde varios sectores. Hay quienes consideran su estética demasiado brutal, una imagen de cementerio (de hecho a mí me evoca las tumbas del cementerio judío en Jerusalén, visibles desde el monte de Getsemaní).


Dada la presencia de diversos grupos neonazis en Alemania, era necesario tomar medidas para que un memorial de estas características no se convirtiera, gracias a los graffiti, en el monumento antisemita más grande del mundo. Para tal efecto, la compañía Degussa proveyó el producto Protectosil, una capa anti pintura con la que se habrían de recubrir las losas de concreto.


Una gran ironía del destino es que Degesch, una subsidiaria de Degussa, había sido la misma fábrica que elaboró el producto Zyklon B, el mismo que se usó para la ejecución de millones de judíos. Tras una gran controversia que llevó incluso a la paralización de la obra, se optó por culminar la obra usando Protectosil (que fuera finalmente donado por la fábrica), argumentando era imposible deslindar responsabilidades a todas las empresas alemanas que colaboraron durante el gobierno nazi y que habría tenido que demolerse varias losas ya construidas con el material anti-graffiti, suponiendo un costo de varios millones de euros. Por supuesto esto no hizo feliz a los representantes judíos, quienes calificaron al monumento de “innecesario”.


Tal vez la crítica más importante, que comparto plenamente, es el hecho de que el monumento haya sido dedicado exclusivamente al genocidio de los judíos, marginando abiertamente al resto de víctimas del holocausto (a las 6 millones de muertes de la "Solución Final" que corresponden a judíos, hay que añadir otros grupos asesinados por los nazis: los homosexuales, gitanos, sacerdotes católicos, ciudadanos polacos, rumanos y soviéticos, personas con discapacidades mentales y físicas, testigos de Jehová, y líderes políticos; en total las víctimas del Holocausto sumarían entre 11 y 17 millones de personas.).

Es absolutamente comprensible que en un museo judío como el de Daniel Libeskind (que revisaremos en la próxima entrega) haya un apartado dedicado exclusivamente al holocausto de los hebreos, ya que no se puede deslindar la historia de la presencia judía en Alemania sin mencionar específicamente su exterminio masivo. Un monumento únicamente consagrado a los judíos habría sido perfectamente aceptable en Israel, como homenaje al martirio de millones de sus compatriotas. Pero dado que Berlín fue obligada a mostrar con vergüenza esta cicatriz en su tejido urbano como testimonio de los crímenes de sus antepasados, ¿por qué limitar esta mea culpa únicamente a los judíos? Dado que el objetivo del Holocausto no fue militar sino la limpieza racial, resulta absurdo que el monumento sea dedicado sólo a un grupo étnico, en lugar de hacerlo inclusivo a todas las víctimas, que por supuesto también merecen homenaje (a menos que se empiece a llenar a Berlín de memoriales destinados a cada grupo específico de victimados).

Al respecto Eisenman, de origen judío, apoya la consagración única del monumento, subrayando que en todo caso, es suficientemente abstracta para acoger la memoria de otras víctimas, ya que el monumento “se yergue ahí, solitario. Quien tiene que hablar eres tú”.

Sorprendentemente esto ha sido criticado por los propios dirigentes judeo-germanos, quienes encuentran la obra demasiado abstracta y carente de referencia directa a las víctimas judías.

En ese aspecto, durante mi recorrido pude comprobar que muchos visitantes (particularmente niños y jóvenes) utilizan el monumento como “laberinto” para jugar a las escondidas. Lamentablemente el diseño no transmite el carácter de solemnidad de otros memoriales de guerra, como el de los Veteranos de Vietnam en Washington, los Parques de la Paz en Hiroshima y Nagasaki o el tétrico pero conmovedor monumento a las víctimas en Phnom Phen, Camboya.
Lamentablemente, la tragedia del Holocausto judío ha sido utilizada comercial y hasta políticamente, en particular cada vez que Israel tiene un conflicto armado con Palestina o alguno de sus países vecinos. La condena internacional casi unánime a estos actos ha hecho perder perspectiva y hasta sensibilidad acerca de los crímenes históricos de los nazis, al punto que hayan algunos grupos radicales que aseguran que estos eventos no ocurrieron y que son parte de un "gran aparato propagandístico sionista".
De entre los muchos puntos de vista desde los que se puede asumir el debate sobre el Holocausto, el interés de este blog se centra en el rol de la arquitectura como un agente que permita educación, sensibilización y homenaje a las personas asesinadas en esta catástrofe. En las siguientes entradas de Mi Moleskine Arquitectónico reseñaremos el papel del diseño paisajista, la arquitectura y la restauración y preservación monumentos como ofrenda a la memoria de aquellos aciagos eventos.
MONUMENTO AL HOLOCAUSTO EN BERLÍN.
El Memorial a los Judíos Asesinados en Europa, o el Memorial del Holocausto es un monumento diseñado por el arquitecto norteamericano Peter Eisenman, ganador de un concurso en 1997. El proyecto se construyó entre el 2003-04, siendo inaugurado el 12 de Mayo del 2005, 60 años después de la culminación de la guerra.

UBICACIÓN
El monumento, que cubre un área de 19,000 m2, se encuentra ubicado cerca a la Puerta de Brandemburgo, en el barrio de Friedrichstradt. Hacia el sudeste se ubica el importante conjunto Potsdamer Platz.
Durante la época nazi, en este terreno se ubicaba la vivienda del nefasto propagandista Joseph Goebbels, y en un extremo de hallaba la cancillería de Hitler, cerca a la cual se encuentra el bunker del Führer. Luego de la división de Berlín durante la guerra fría este terreno se hallaba en la llamada “zona muerta”, el espacio de influencia del Muro de Berlín.


LA PROPUESTA DE EISENMAN
Peter Eisenman es un arquitecto norteamericano que se hizo conocido en el mundo de la arquitectura por ser uno de los fundadores e impulsores del llamado movimiento deconstructivista. Sus propuestas se caracterizaban por la superposición de geometrías, dando lugar a espacios truculentos, tortuosos, que transmitían sensaciones de caos y movimiento (en este moleskine hemos nos hemos referido a algunos de sus proyectos, como una tienda de accesorios lumínicos en Tokio).


Por eso es que me llamó profundamente la atención la propuesta de Eisenman para el monumento de Berlín: una grilla perfecta y racional de 2711 bloques de concreto, de 2.38 m de largo x 0.95 de ancho y cuya altura varía entre 0.2 m a 4.8 m. Cada uno de estos bloques representa una página del Talmud hebreo.

Dentro de esta grilla perfecta hay una característica que evoca al viejo Eisenman, y es que el piso es ondulado, inclinado, lo que me produjo la misma sensación de inestabilidad que sentí al recorrer algunos ambientes de su proyecto en Tokio. Pero además de eso, el adentrarse en esta matriz de cajas brutalistas produce sensaciones de opresión, claustrofobia, desorientación… en suma, caos dentro de un orden geométrico, una referencia a sus antiguos proyectos.

El piso, compuesto por una serie de losetas de piedra y por luces empotradas, describe una topografía ondulada, lo que permite a los visitantes “desaparecer” entre las losas, como sumergiéndose en el agua. “Primo Levi habla de una idea similar en su libro sobre Auschwitz. Él escribe que los prisioneros no estaban vivos pero tampoco estaban muertos. En su lugar, parecían descender en un infierno personal”, señala Eiseman, al descubrir este efecto no pensado al tiempo de su propuesta.

Dado el carácter en extremo abstracto de la propuesta, el arquitecto fue obligado a incluir un apartado subterráneo llamado “Lugar de Información”, que da un poco de contexto al monumento que se visita, y que brinda datos más precisos sobre el Holocausto, incluyendo los nombres de las víctimas. Pero mucha gente no sabe ni tiene idea de la existencia de este espacio, casi oculto tras la serie de losas.

CRÍTICAS
Como era de esperarse, un proyecto de esta naturaleza ha despertado numerosas críticas desde varios sectores. Hay quienes consideran su estética demasiado brutal, una imagen de cementerio (de hecho a mí me evoca las tumbas del cementerio judío en Jerusalén, visibles desde el monte de Getsemaní).


Dada la presencia de diversos grupos neonazis en Alemania, era necesario tomar medidas para que un memorial de estas características no se convirtiera, gracias a los graffiti, en el monumento antisemita más grande del mundo. Para tal efecto, la compañía Degussa proveyó el producto Protectosil, una capa anti pintura con la que se habrían de recubrir las losas de concreto.


Una gran ironía del destino es que Degesch, una subsidiaria de Degussa, había sido la misma fábrica que elaboró el producto Zyklon B, el mismo que se usó para la ejecución de millones de judíos. Tras una gran controversia que llevó incluso a la paralización de la obra, se optó por culminar la obra usando Protectosil (que fuera finalmente donado por la fábrica), argumentando era imposible deslindar responsabilidades a todas las empresas alemanas que colaboraron durante el gobierno nazi y que habría tenido que demolerse varias losas ya construidas con el material anti-graffiti, suponiendo un costo de varios millones de euros. Por supuesto esto no hizo feliz a los representantes judíos, quienes calificaron al monumento de “innecesario”.


Tal vez la crítica más importante, que comparto plenamente, es el hecho de que el monumento haya sido dedicado exclusivamente al genocidio de los judíos, marginando abiertamente al resto de víctimas del holocausto (a las 6 millones de muertes de la "Solución Final" que corresponden a judíos, hay que añadir otros grupos asesinados por los nazis: los homosexuales, gitanos, sacerdotes católicos, ciudadanos polacos, rumanos y soviéticos, personas con discapacidades mentales y físicas, testigos de Jehová, y líderes políticos; en total las víctimas del Holocausto sumarían entre 11 y 17 millones de personas.).

Es absolutamente comprensible que en un museo judío como el de Daniel Libeskind (que revisaremos en la próxima entrega) haya un apartado dedicado exclusivamente al holocausto de los hebreos, ya que no se puede deslindar la historia de la presencia judía en Alemania sin mencionar específicamente su exterminio masivo. Un monumento únicamente consagrado a los judíos habría sido perfectamente aceptable en Israel, como homenaje al martirio de millones de sus compatriotas. Pero dado que Berlín fue obligada a mostrar con vergüenza esta cicatriz en su tejido urbano como testimonio de los crímenes de sus antepasados, ¿por qué limitar esta mea culpa únicamente a los judíos? Dado que el objetivo del Holocausto no fue militar sino la limpieza racial, resulta absurdo que el monumento sea dedicado sólo a un grupo étnico, en lugar de hacerlo inclusivo a todas las víctimas, que por supuesto también merecen homenaje (a menos que se empiece a llenar a Berlín de memoriales destinados a cada grupo específico de victimados).

Al respecto Eisenman, de origen judío, apoya la consagración única del monumento, subrayando que en todo caso, es suficientemente abstracta para acoger la memoria de otras víctimas, ya que el monumento “se yergue ahí, solitario. Quien tiene que hablar eres tú”.

Sorprendentemente esto ha sido criticado por los propios dirigentes judeo-germanos, quienes encuentran la obra demasiado abstracta y carente de referencia directa a las víctimas judías.

En ese aspecto, durante mi recorrido pude comprobar que muchos visitantes (particularmente niños y jóvenes) utilizan el monumento como “laberinto” para jugar a las escondidas. Lamentablemente el diseño no transmite el carácter de solemnidad de otros memoriales de guerra, como el de los Veteranos de Vietnam en Washington, los Parques de la Paz en Hiroshima y Nagasaki o el tétrico pero conmovedor monumento a las víctimas en Phnom Phen, Camboya.
VER TAMBIÉN- MONUMENTOS POR LA PAZ

































