21 abril, 2011

CONCEPTOS DE ARQUITECTURA JAPONESA III


ELEMENTOS CONSTRUCTIVOS

La arquitectura japonesa se vuelve aún más interesante cuando se pueden distinguir las diferentes clases por sus detalles.

Detalles del techo, Templo Daitokuji, Kioto

Continuando con esta serie de artículos de arquitectura japonesa, me concentraré en los elementos componentes de la arquitectura tradicional de este país.

Techos

Aunque hay muchas variedades, los techos inclinados tradicionales pueden dividirse en 4 categorías, según los materiales usados:
  • hiwadabuki: corteza de ciprés, fundamentalmente usada en techos de santuarios y en casas de nobles


  • kokerabuki: tablillas de ciprés, montadas sobre una estructura de madera,


  • kuzuyabuki: techos de pasto, juncos o paja, usadas generalmente para las casas de los plebeyos y las casas de té.


  • kawarabuki: techos de tejas, hechas en cerámica y en un principio importadas del continente y usadas en templos budistas. Debido a su resistencia al fuego fueron ampliamente usadas en las viviendas en el periodo Edo.


Cielorrasos

Originalmente los cielorrasos no fueron un componente de la arquitectura japonesa, ya que el techo estaba expuesto en el primitivo estilo shinden . En el elegante estilo shoin unos entramados de madera fueron colgados para formar el go tenjou, y de allí evolucionaron para convertirse en oriage tenjou, que eran cielorrasos montados en el borde superior de las paredes. Oriage tenjou fueron considerados los más selectos entre los cielorrasos.


Oriage tenjou en el Castillo de Kumamoto. Foto cortesía de Juuyoh Tanaka

Otros tipos tradicionales incluyeron hira tenjo (un cielorraso plano), ajiro tenjo (cielorraso hecho de cedro, ciprés o bambú) y saobuchi tenjo (cielorraso compuesto de paneles de madera soportados por pequeñas vigas).

Hira tenjou

Ajira tenjou

Saobuchi tenjo

Sin bien, los saobuchi tenjo más antiguos fueron hechos de cedro, posteriormente se utilizaron otros tipos de madera. Por ejemplo, los saobuchi tenjo de los cuartos de té de estilo sukiya o chashitsu fueron hechos en una serie de pastos, incluyendo carrizos, totoras y un tipo de trébol arbustivo japonés entre otros.
La forma en la que estos materiales fueron combinados influenció en la estética de la habitación.
Adicionalmente, las casas de té wabisuki tienen kesho yaneura, un techo de pizarra en el cual la parte inferior de la estructura se ha dejado expuesta.

Paredes

Las divisiones entre los ambientes están constituidas por tabiques de papel montados sobre un bastidor de madera. El tipo de tabique más formal es el haritsuke kabe. En la mayoría de los casos, se colocaba papel sobre placas ásperas y luego pintadas a brocha o se pintaban frescos (shoheki-ga). Obviamente, los haritsuke kabe con pinturas o embrocados de oro era considerado de mayor rango.

Haritsuke kabe

Shoheki-ga

Además, hay muchas variedades de paredes de tierra (tsuchi kabe) con distintos grados de materiales, colores y acabados.

Ejemplos de tsuchi kabe, fotos cortesía de Brach.

Por ejemplo, si bien el revoque shikkui kabe fueron principalmente usados para los exteriores, en los templos se utilizaron en interiores, para transmitir una cuidadosa, solemne atmósfera.

Shikkui kabe

Juraku kabe originalmente se refería a paredes hechas con arcilla recogida en las afueras de Kioto. Ahora, sin embargo, es usada como término general para las paredes de tierra que tienen el mismo color que el tipo original de Kioto, sin importar el origen de los materiales.

Juraku kabe

Para la bengara kabe se añaden pigmentos rojos, que dan a las habitaciones un aire de opulencia.


Bengara kabe

Además se encuentra la susa kabe, en la cual se se mezcla paja y papel para crear una apariencia diferente, que ensalza el sobrio refinamiento las casa de té estilo soan. Mediante el uso de colores y la calidad de los materiales, estas paredes dan a las habitaciones su carácter y atmósfera especial.


Susa kabe en el templo Ninna-ji, Kyoto. Foto cortesía de Shoji Hiramatsu.

Pilares

Los pilares cuadrados de ciprés son usados siempre en el estilo shoin, creando un espacio rígido y formal. Debido al uso del ciprés, considerado desde tiempos antiguos como la madera más fina, y por ello fueron los pilares más selectos.

Daikokubashira, el pilar central y más importante de la vivienda, desde un punto de vista estructural y hasta simbólico.

Además, el uso de varios tipos de madera - vigas en estado natural, tablas de cedro pulido, atesabi o madera oxidada y puesta a la intemperie, y árboles de pino, cereza y camelia- ayudaron a crear una atmósfera casual en los cuartos so, que fueron fuertemente influenciados por el espíritu lúdico de las ceremonias de té.
Finalmente, materiales de una apariencia áspera , como la madera naguri, en los que eran visibles hasta las huellas de los hachazos, daban a las habitaciones de té la impresión de que habían sido construidas con materiales burdos, y afianzaron su rusticidad. Por tanto, de un simple pilar, Ud. puede definir el carácter y la estética básica del diseño de un cuarto.

Geishas en una casa de té en Ueno, Tokio, alrededor de 1890.
Foto cortesía de Okinawa Soba.

VER TAMBIÉN
- ARQUITECTURA TRADICIONAL JAPONESA
Geishas en una habitación típica japonesa, cerca a 1890.
Foto cortesía de Okinawa Soba
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wall, corral

15 abril, 2011

CONCEPTOS DE ARQUITECTURA JAPONESA II

The essence, foto cortesía de maciejgruzeski.com

ESTILOS


Continuamos esta serie sobre la arquitectura tradicional japonesa. Mientras en la arquitectura occidental pueden diferenciarse claramente(gótico, renacentista, barroco, etc.), en la arquitectura japonesa los estilos se conocen menos y son más fácilmente confundibles. El presente post resume las características de tres estilos principales: Shinden, Shoin y Sukiya . Estos tres, si bien comparten algunos principios básicos (liviandad, integración al espacio exterior, simpleza y minimalismo), fueron incrementando en su complejidad, estableciendo un mayor grado de dinamismo, funcionalidad, manejo de la luz y la penumbra y control del dominio espacial interior.


Estilo Shinden (Shinden-zukuri)


Luego de la fundación de Kioto y durante el periodo Heian (794-1185) muchos nobles de todo Japón se mudaron a la capital, y las casas en ese periodo fueron hechas en estilo shinden.
En un espacio cuadrangular, completamente rodeado de muros, los edificios se distribuían simétricamente en forma de U. El edificio principal (shinden) se ubicaba en la parte central en el eje norte sur, flanqueado por edificios anexos (tainoya), que eran orientadas de este a oeste. Estos edificios eran conectados por corredores (watadono) que conducían a un patio central también de forma cuadrada, donde se realizaban ceremonias.



Esquema mostrando el shinden (izq.), tainoya (centro) y watadono (der.)

El interior estaba compuesto por un único gran espacio o moya. Como resultado de adoptar las técnicas de la arquitectura de los templos, el espacio interior era muy simple, careciendo de estantes fijos, puertas corredizas o entradas y salidas definidas.
Las pantallas movibles (shoji), de seda (kicho), plegables (byobu, de la cual viene la palabra española biombo) y de bambú (misu) fueron usadas para dividir el espacio interior.

La forma y tamaño de las habitaciones podía ser cambiada fácilmente para acomodar diferentes usos. En otras palabras, ajustando la distribución de este mobiliario simple, un dormitorio podía convertirse en un espacio para una ceremonia de té, un banquete, etc.
Los pisos eran mayormente de madera, el tatami era sólo usado para el sitio donde la nobleza se sentaba.
Sin embargo, los espacios shinden eran muy incómodos para vivir.Las habitaciones eran frías, y eran incapaces de lograr buena captación de luz y captación térmica.

El santuario de Heian, si bien construido en el siglo XIX, se hizo bajo los principios del estilo shinden.


Estilo Shoin (Shoin-zukuri)

En el periodo Muromachi (1336–1573) el estilo shoin reemplazó al estilo shinden. Con el auge de los guerreros Samurai durante el shogunato Kamakura, los clanes militares se volvieron más poderosos que una debilitada corte imperial.

El estilo Shoin fue primeramente usado en el Pabellón de Plata, Ginkakuji.

Dado que el estilo shinden, desarrollado de acuerdo a las convenciones y sistema organizacional de la nobleza Heian, era demasiado elegante y no se ajustaban al estilo de vida de los líderes militares, se creó el shoin influenciado también por el budismo Zen. El shoin es una habitación diseñada para funciones militares y aristocráticos, un espacio en el cual los señores militares recibían a dignatarios, efectuaban eventos, concursos de poesía y ceremonias de té.

Interior del Castillo Nijo, Kioto. En realidad, m[as que un castillo es una villa fortificada.

Para demostrar poder, se incluyeron pantallas fusuma y shoji, mesas tsukeshoin y estantes decorativos chigaidana.
Además, las columnas circulares del estilo shinden fueron reemplazadas por unas cuadradas, adicionando vigas de amarre nageshi.
Los pisos, que en estilo shinen eran de madera, fueron íntegramente recubiertos con tatami, siendo el origen de la distribución actual las habitaciones en tatamis, no en metros cuadrados.

Foto cortesía de Yasuhiro Ishimoto

Estilo Sukiya (Sukiya-zukuri)

Villa Katsura, foto cortesía de purple loud

El sukiya-zukuri es un estilo más refinado, basándose en el formal estilo shoin, adaptándose a las necesidades de los clientes y formando un espacio más íntimo. Por ejemplo, en lugar de los pilares cuadrados de ciprés, se colocaron postes circulares con varios tipos de madera usados al mismo tiempo, como bambú, pino y ciprés.
Incluye elementos decorativos como los estantes chigaidana, los frisos ranma y los clavos ornamentales kugikakushi.
La arquitectura sukiya incorpora la estética de la casa de té y abarca todo tipo de edificios incluyendo casas privadas, villas y posadas.


Una variante del estilo Sukiya es el chashitsu que significa cuarto de té, influenciado por el Budismo zen y que fue usado para las ceremonia del té, fomentada por grandes señores en la Edad Media japonesa.

Foto cortesía de 8 simple rules

Este texto está basado en un artículo de la revista Casa, complementado con otra bibliografía y mi propia percepción.

VER TAMBIÉN
- ARQUITECTURA TRADICIONAL JAPONESA
Con Giancarlo y Pilar en una machiya

04 abril, 2011

CONCEPTOS DE ARQUITECTURA JAPONESA I


TEMPLOS Y SANTUARIOS

Sobre la base de un interesante artículo de la revista Casa, y adicionando conceptos provenientes de otra bibliografía así como de la propia experiencia, presento una serie de posts relacionados con conceptos básicos de la arquitectura japonesa y que servirán de marco conceptual a numerosos ejemplos de arquitectura nipona presentados en este moleskine. Sea este mi homenaje a este fascinante país, tanto por la belleza de sus paisajes y edificios, como también por la entereza de su gente que, conviviendo con desgracias a través de milenios, ha sabido salir airosa para regalarnos una riquísima cultura.


¿Cuáles son las variantes de la arquitectura japonesa?
La arquitectura tradicional japonesa puede dividirse en tres categorías: santuarios, templos, y casas (aunque puede incluirse también castillos, teatros y escuelas). En cuanto a los santuarios, ha habido sitios sagrados desde tiempos inmemoriales. En Japón, así como en otras civilizaciones, el acto de adoración ha sido parte de la vida desde tiempos antiguos, y las primeras formas de arquitectura de santuario aparecieron al final del siglo VIII y principios del IX. Luego, cuando las influencias del budismo y el confucianismo empezaron a sentirse en Japón, los estilos arquitectónicos empezaron a cambiar.

Santuario Kamigamo, Kioto

La segunda categoría son los templos. Junto con la introducción del budismo en Japón a mitad del siglo VI, las técnicas de arquitectura de los templos fueron importadas de Asia. Comenzando con Asukadera en Nara, los templos fueron construidos en diferentes partes del país. En los años que siguieron, las doctrinas y las creencias de prominentes sectas budistas influenciaron la construcción de sus templos, dando lugar a una más amplia variedad de estilos y formas estructurales.

Santuario Asuka, Nara

Dado que en más de un punto en la historia ambas religiones –sintoísmo y budismo- se relacionaron simbólicamente, compartiendo rituales, ubicaciones y estilos arquitectónicos, es frecuentemente difícil diferenciar uno de otro.


SANTUARIOS
¿Se puede encontrar el origen de los santuarios japoneses en las montañas?
A diferencia de las religiones monoteístas, como el Cristianismo o el Islamismo, en Japón existe la creencia que “yaoyorozu-no-kami” (ocho millones de dioses) habitan en la naturaleza. Por tanto, en tiempos antiguos, se creía que las montañas, los grandes árboles y rocas eran dioses, y la gente les rezaba y dedicaba ritos. Ese fue el origen de los santuarios.

Santuario Ise, Mie

Los primeros santuarios fueron diseñados en un estilo único que no incluía un edificio principal (honden), aunque tenía un sitio para la adoración de la naturaleza (haiden). El santuario de Omiwa en Nara es un ejemplo de este tipo, y todo el monte Miwa ubicado en su detrás es venerado como una deidad. En las eras siguientes, se desarrolló una forma original de santuarios japoneses, en el cual se encontraba regularmente un santuario principal. Ejemplos representativos son el Gran Santuario de Sumiyoshi (prototipo del estilo sumiyoshi), son el Gran Santuario de Izumo (estilo taisha) y el Santuario de Ise (estilo shinmei).


Santuario Ise, Mie.

Reconstrucción del Santuario Izumo Taisha, Shimane en la antigüedad. Imagen cortesía de Tan Hong Yew.

En el siglo VI el budismo llegó a Japón y se convirtió en una significativa religión nacional. Incluso ya desde tiempos antiguos, Japón manifestó una admiración por las cosas nuevas y la adopción de ideas foráneas. De acuerdo a las enseñanzas budistas en que las estatuas son deidades encarnadas, imágenes de Shinto fueron rápidamente producidas. También, las gráciles, onduladas curvas de los techos de los templos budistas fueron usadas para los santuarios.

Santuario Meiji, Tokio

Santuario Shimogamo, Kioto


Es más, la doctrina del “honji suijaku”, que sugiere que los dioses japoneses son manifestaciones temporales de los budas en este mundo, igualó los dioses Shinto con las deidades budistas y ayudó a contener la oposición hacia la repentina popularidad del budismo. Por tanto, los santuarios sintoístas empezaron a tomar más características del budismo. Los santuarios incluyeron elementos como corredores conectando edificios, puertas de dos niveles y pagodas, así como adquirieron mayor tamaño. Sin embargo, hay todavía figuras únicas para el sintoísmo. Por ejemplo, los torii, o arcos que marcan la entrada a un lugar sagrado, o los caminos sando, que llevan en línea directa a los santuarios, los pares de komainu, los perros-leones que se apuestan como guardianes al ingreso del santuario, los grandes troncos llamados que se proyectan en forma de V, y los chigi, protuberancias en forma de cuerno ubicadas en el borde de los techos.
Secuencia de arcos Torii, Santuario Fushimi Inari, Kioto
Uno de los guardianes del templo, un zorro, Santuario Fushimi Inari, Kioto

Santuario de Heian, Kioto.

TEMPLOS
¿Cuáles son algunos elementos especiales en la arquitectura de los templos?
La historia de la arquitectura de templos japoneses comenzó con la expansión del budismo a inicios del siglo VII. Esta no tenía que ver sólo con aspectos de fe, sino también con influencias políticas, ya que el budismo favorecía una importante estructura jerárquica y centralizada, favorable a los intereses de los emperadores.

Templo Sanjusangendo, Kioto

Hasta el inicio del periodo Edo (1603-1867), los clavos fueron raramente usados en templos japoneses. Mientras se adoptaban patrones arquitectónicos asiáticos, los japoneses incluyeron elementos especiales en un país especialmente afectado por terremotos. Uno de ellos fue el kumimono, un soporte de vigas y pilares usado para soportar los aleros de los techos de las pagodas. Gracias a una compleja organización de gran bloque de soporte (daito 大斗) con un brazo de soporte (hijiki 肘木) insertado en él, el kumimono era capaz de soportar grandes techos, y ha soportado muy bien los embates del tiempo.


Detalle del daito y hijiki.

También, los estilos Gran Buda (daibutsuyo) y Zen (zenshuyo) desarrollaron grandes techos de gráciles curvas que eran soportados por grandes vigas y pilares. Tampoco debe pasarse por alto la belleza de los tallados de todos estos elementos estructurales.

Templo de Kiyomizudera, Kioto.

Dos vistas del conjunto religioso de Koyasan

Es más, la combinación de varios elementos arquitectónicos en un solo sitio es otra característica importante de los templos budistas, que también incluye pagodas, campanarios y grandes puertas de dos niveles.


Proceso de construcción en la arquitectura tradicional japonesa. Puerta Nandaimon, Todaiji, Nara

VER TAMBIÉN
- SANTUARIOS SINTOÍSTAS JAPONESES

- TEMPLOS BUDISTAS JAPONESES

Con Pilar, Yu, Giancarlo y Jimena en viaje perujín a Koyasan

28 marzo, 2011

LA CASA DE VARGAS LLOSA EN AREQUIPA

Hace unos meses visité la casa del escritor Mario Vargas Llosa en el antiguo Boulevard Parra, en Arequipa, Perú, una vía que ya no es boulevard y que hoy lleva el nombre del ilustre escritor. Estaba pensando en preparar un post al respecto, que complemente aquél sobre el Colegio Militar Leoncio Prado, donde el premio Nóbel de literatura estudiara en su juventud.
Sin embargo y afortunadamente, el propio Mario se me adelantó en una deliciosa columna publicada en el Diario El País -mucho mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo, obviamente-, la cual reproduzco a continuación. Al final de la misma incluyo también un corto vídeo sobre la casa, convertida hoy en un museo sobre el escritor.


LA CASA DE AREQUIPA
Por Mario Vargas Llosa

La casa en que nací, en el número 101 del Boulevard Parra, en Arequipa, el 28 de marzo de 1936, no tiene ninguna distinción arquitectónica particular, salvo la vejez, que sobrelleva con dignidad y que le da ahora cierta apariencia respetable. Es una casa republicana, de principios del siglo veinte.

El Boulevard Parra fue construido a principios de siglo, uno de los primeros en romper con el patrón urbano cuadriculado colonial en favor de un arbolado afrancesado. Posteriormente la avenida se ensanchó y se eliminaron los árboles. Por aquí transitaba el antiguo tranvía al balneario arequipeño de Tingo.

Había oído en la familia que desde su lado este se tenía una magnífica vista de los tres volcanes tutelares de mi ciudad natal, pero ahora ya no se ven los tres, solo dos, el Misti y el Chachani, que lucen esta mañana soberbios y enhiestos bajo el sol radiante. En los 75 años transcurridos desde que vine al mundo han surgido edificios y construcciones que ocultan casi enteramente al tercero, el Pichu Pichu. Otro mérito de esta casona es haber resistido los abundantes temblores y terremotos que han sacudido a Arequipa, tierra volcánica, si las hay, desde entonces.

Consta de dos pisos y desde su terraza trasera se divisa una buena parte de la sosegada campiña arequipeña, con sus pequeños huertos y chacras. Su jardín delantero está completamente muerto, pero las lindas baldosas modernistas de la entrada brillan todavía. La familia Llosa alquilaba el segundo piso a los dueños, la familia Vinelli, que vivía en la planta de abajo. La primera vez que yo pude entrar y conocer por dentro la casa donde nací y pasé mi primer año de vida fue a mediados de los años sesenta. Entonces vivía allí, solo, un señor Vinelli, afable viejecito que se acordaba de mi madre y mis abuelos, y que me enseñó el cuarto donde mi madre estuvo sufriendo lo indecible durante seis horas porque yo, por lo visto, con un emperramiento tenaz, me negaba a entrar en este mundo. La comadrona, una inglesa evangelista llamada Miss Pitzer, después de esta batalla tuvo todavía ánimos para ayudar a dar a luz a la madre de Carlos Meneses, que es ahora director del diario “El Pueblo” de Arequipa.

El boulevard Parra se ubica frente a la estación de ferrocarril, construida por empresarios ingleses, quienes hicieron sus casas en Arequipa. Ellos trajeron un nuevo patrón arquitectónico, la casa chalet, con amplios jardines delanteros, diferentes a las casas coloniales cuya fachada se ubicaba a ras de vereda. La casa de Vargas Llosa también pertenece a ese estilo.
Foto de los Hermanos Vargas (hasta donde yo sé, no tienen parentesco con el escritor) c. 1928.

Como solo viví un año aquí, no tengo recuerdo personal alguno de la casa del Boulevard Parra. Pero sí muchos heredados. Crecí en Cochabamba, Bolivia, oyendo a mi madre, mis tíos y abuelos contar anécdotas de Arequipa, una ciudad que añoraban y querían con fervor místico, de modo que cuando vine por primera vez a la Ciudad Blanca –así llamada por sus hermosas iglesias, conventos y casas coloniales construidas con piedra sillar, que destella con la luminosidad de las mañanas–, yo tuve la sensación de conocerla al dedillo, porque sabía los nombres de sus barrios, de su río Chili, de sus volcanes y de esas barricadas de adoquines que levantaban los arequipeños cada vez que se alzaban en revolución (lo hacían con frecuencia).

Mis primeros recuerdos personales de Arequipa son de ese viaje, que tuvo lugar en 1940. Había un Congreso Eucarístico y mi mamá y mi abuela me trajeron consigo. Nos alojamos donde el tío Eduardo García, magistrado y solterón, que era reverenciado en la familia porque había estado en Roma y visto al Papa. Vivía solo, cuidado por su ama de llaves, la señora Inocencia, que puso bajo mis ojos, por primera vez, un chupe de camarones rojizo y candente, manjar supremo de la cocina arequipeña, que luego sería mi plato preferido. Pero esa primera vez, no. Me asustaron las retorcidas pinzas de esos crustáceos del río Majes y hasta parece que lloré. Del Congreso Eucarístico recuerdo que había mucha gente, rezos y cantos, y que un señor con corbata pajarita, en lo alto de una tribuna, discurseaba con ímpetu. Lo aplaudían y mi abuelita Carmen me instruyó: “Se llama Víctor Andrés Belaunde, es un gran hombre, y además nuestro pariente”. Estoy seguro de que en ese viaje ni mi madre ni mi abuela me mostraron la casa en que nací.

Foto cortesía del diario La República

Porque la casa del Boulevard Parra traía a mi madre recuerdos siniestros, que solo muchos años después, cuando yo era un hombre lleno de canas y ella una viejecita, se animó a contarme. En esa casa se había casado, con un lindo vestido de novia, en un oratorio levantado bajo la escalera –lo atestigua la fotografía de los “Vargas Hermanos”, inevitables en todos los casamientos de la Arequipa de entonces–, con mi padre, un año antes de mi nacimiento, y de allí habían partido ambos hacia Lima, donde la pareja viviría. Se habían conocido en el aeropuerto de Tacna poco antes y mi madre se había enamorado como una loca de ese apuesto radiooperador que volaba en los aviones de la Panagra. Mis abuelos habían intentado demorar esa boda. Les parecía precipitada y rogaron a mi madre esperar un tiempo, conocer mejor a ese joven. Pero no hubo manera, porque a Dorita, cuando algo se le metía en la cabeza, nadie se lo sacaba de allí, ni siquiera cortándosela (rasgo que, creo, también le heredé).



El matrimonio fue un absoluto desastre, por los celos y el carácter violento de mi padre. Sin embargo, cuando mi madre quedó embarazada, el caballero pareció amansarse. Mi abuelita anunció que iría a Lima, a acompañar a su hija durante el parto. Mi padre propuso que más bien Dorita viajara a dar a luz a Arequipa, rodeada de su familia. Así se hizo. Desde el día en que se despidieron, el caballero no volvió a dar señales de vida, ni a responder las cartas y telegramas que mi madre le enviaba. Así fue como ella, mientras yo crecía en su vientre y pegaba las primeras pataditas, descubrió que había sido abandonada. “Fue un año atroz”, me confesó, con la voz que le temblaba. “Por la vergüenza que sentía. Durante el primer año de tu nacimiento no salí casi nunca de la casa del Boulevard Parra. Me parecía que la gente me señalaría con el dedo”. Había sido abandonada por un canalla y era ella la que se sentía avergonzada y culpable. Tiempos atroces, en efecto.

Todas las veces que he venido a Arequipa desde entonces y he pasado por el Boulevard Parra a echar un vistazo a la casa en que nací, he tratado de figurarme lo que debió ser la vida de esa muchacha veinteañera, con un hijo en brazos y sin marido, (cuando mis abuelos, a través de un abogado amigo, hicieron saber a mi padre que había tenido un hijo, él se apresuró a entablar una demanda de divorcio), autosecuestrada en esta vivienda por temor al qué dirán. Los abuelos debieron también sufrir mucho con lo ocurrido y pensar que aquello era una deshonra para la familia. Por eso, nadie me quita de la cabeza que la familia Llosa abandonó el terruño al que estaba tan aferrada y partió a Bolivia para poner una vasta geografía de por medio con aquella ‘tragedia’ de la pobre Dorita.

Foto cortesía del diario La República

¿Lo consiguieron? ¿Fueron felices en Cochabamba? Yo creo que sí. Recuerdo mis años cochabambinos como un paraíso. En la gran casa de la calle Ladislao Cabrera, la vida de la tribu familiar parecía transcurrir con sosiego y alegría. Mi madre era joven y agraciada, pero nunca aceptó galanes, en apariencia porque, siendo tan católica, para ella no había más que un matrimonio, el de la Iglesia. Sin embargo, la razón profunda era que, pese a todo, seguía amando con toda su alma al caballero que la maltrató. Que diez años después de su ‘tragedia’ volviera a juntarse con él, así lo demostraría.


Pero esta mañana soleada y hermosísima no está para pensar en cosas tristes y truculentas. El cielo es de un azul impresionista y hasta el desvencijado caserón del Boulevard Parra parece contagiado del regocijo general. El alcalde de Arequipa acaba de decir unas cosas muy bonitas sobre mis libros y si mi madre hubiera estado aquí habría soltado algunos lagrimones. El burgomaestre recordó, también, todo el tiempo que han pasado aquí los Llosa, desde que llegó a esta tierra el primero de la estirpe, a comienzos del siglo dieciocho, don Juan de la Llosa y Llaguno, desde la remota Trucios, un enclave cántabro incrustado en Vasconia. Y por supuesto que mi madre se hubiera alegrado mucho de saber que esta casa que le traía tan malos recuerdos será, a partir de ahora, una institución cultural, donde los arequipeños vendrán a leer y a sumergirse en las fantasías literarias y a soñar con ellas y a vivirlas, como ella me enseñó a hacer para buscar la felicidad cuando todavía yo babeaba y mojaba las sábanas a la hora de dormir.

Mario Vargas Llosa, 2011.