La
muestra se compone de una serie de pares fotográficos, representando
diversos paisajes, separados en tiempo y espacio pero unidos por una
idea común, ya sea formal o simbólica, sugerida sutilmente por un
título.
Sin embargo, espectador es invitado a
establecer esta conexión, y de esta manera se convierte en agente del
diálogo entre ambos lugares.
1) Ruinas del templo de Ta Prohm, Camboya, invadido por la jungla.
2) Detalle del moderno Estadio Olímpico de Pekín, China, que evoca un "Nido de Pájaro"
Esta muestra es una selección de lugares presentados en este blog.
Agradezco la deferencia del Centro Cultural Peruano Norteamericano, especialmente a la Sra. Martha Valencia, por su acogida y apoyo para la realización de esta exhibición.
"I follow the Moskva down to Gorky Park, listening to the wind of change..."
(Sigo el Moscova
hacia el parque Gorky
escuchando los vientos de cambio)
Scorpions, de la canción "Wind of Change"
El parque Gorky es uno de los más famosos si no el más emblemático parque en Moscú, especialmente ligado a connotaciones políticas durante la revolución soviética, ya que fue concebido como un espacio abierto a toda la sociedad, dedicado al ocio y la cultura de las clases trabajadoras.
Fue concebido por el renombrado arquitecto constructivista Konstantin Melnikov (cuya casa-estudio fue tratada anteriormente en este moleskine) y dedicado al escritor soviético Maxim Gorky.
El parque saca ventaja de su posición frente al río Moskva y se organiza en torno a un gran eje que discurre más o menos paralelo a éste. La ligera inclinación del eje en la composición obedece a la perpendicularidad a la gran avenida Krimsky Val -que cruza el río en el puente Krimsky- y la búsqueda de un equilibrio entre la irregular geometría del lote trapezoidal que ocupa el parque.
Este eje monumental está presidido por una gran entrada con una columnata que me recuerda en algo a la Puerta de Brandemburgo en Berlín, sólo que la versión moscovita tiene los cuerpos laterales macizos, ideales para albergar iconografía soviética. La puerta Gorky es un ejemplo clásico de arquitectura monumental estalinista.
Acompañan al eje una serie de piletas y emblemáticas estatuas, así como juegos y recreación para niños y adultos, que hicieron del Gorky un espacio muy popular, especialmente en verano.
Pero además el Parque Gorky ha acogido numerosas exposiciones a fin de diseminar la cultura entre la población. Los pabellones de exposición fueron una tipología predilecta por los arquitectos soviéticos, ya que pudieron experimentar con propuestas en las que plasmaban sus ideales de lo que la sociedad soviética debería haber sido.
Tras el colapso de la Unión Soviética el parque empezó a deteriorarse, llenándose de atracciones baratas y puestos de comida chatarra. Sin embargo, en el 2011 el parque sufrió una renovación integral, incluyendo grandes áreas de paisajismo, una enorme pista de patinaje, ciclovías, y acceso WiFi libre.
En el 2008 se formó el Centro para la Cultura Contemporánea Garage que se ha convertido en un gran promotor del arte y la cultura en el parque, llevando a cabo exhibiciones y programas de educación con grandes exponentes del arte contemporáneo.
Entre otras actividades, Garage invitó al arquitecto Rem Koolhas para la puesta en valor del otrora famoso restaurante Vremena Goda (Estaciones del Año). El proyecto de OMA ofrecía un edificio de 5400 m2, incluyendo dos niveles para galerías de exhibición, centro creativo para niños, tienda, café, auditorio y oficinas.
La conclusión de este edificio estaba prevista para el 2014, pero ha sido postergada dada la situación económica del gigante ruso.
Maqueta de la propuesta de OMA para la remodelación del restaurante Vremena Goda
Además, Garage -que debe su nombre a haberse instalado originalmente en el antiguo garage de buses- organiza frecuentes eventos y exposiciones temporales, que promueven el intercambio y desarrollo de actividades artísticas y culturales contemporáneas.
Lugar para el verano, 2013. Estructuras en papel.
En octubre el 2012, Garage organizó la muestra "Exposiciones Temporales en el Parque Gorky: desde Melnikov hasta Ban". El centro de esta exposición fue un pabellón temporal diseñado por el arquitecto japonés Shigeru Ban, quien fuera posteriormente galardonado con el premio Pritzker en el 2014 (el más reciente, al momento que escribo este post).
Ban ha sido internacionalmente reconocido por sus estructuras efímeras y su aporte ha sido muy valioso especialmente después de tragedias que requerían la ejecución de edificios baratos y de rápida construcción, como la Catedral erigida luego del terremoto de Christchurch en Nueva Zelandia o los albergues construidos luego del terrible tsunami en Japón el 2011, financiados con su propio peculio.
Detalle de la maqueta para el pabellón en el Parque Gorky.
La arquitectura de Shigeru Ban se caracteriza por el uso de materiales reciclables, como el cartón o el papel. En ese sentido, la propuesta para el pabellón en el parque Gorki comprende una secuencia de tubos de cartón describiendo una elipse de 2400 m2 de área y encerrando una estructura transparente de metal y vidrio de forma rectangular que comprende el área de exhibición de 800 m2.
Los tubos de cartón, además de un carácter estético tienen una función estructural, ya que soportan toda la carga del techo. Shigeru Ban los denomina "la estructura invisible".
En la intersección de ambas geometrías se acomoda una cafetería y hacia el otro extremo ambientes de apoyo. La cafetería logra una atmósfera de calidez gracias a materiales simples como la madera y el cartón, contrastando con el blanco del prisma rectangular.
Esta simpleza en el material y la composición permitió que el pabellón sea construido en tiempo récord y a un costo muy reducido. El pabellón debía haber sido demolido en diciembre del 2012, pero afortunadamente Garage ha decidido mantenerlo, y estaba en exhibición al menos hasta Setiembre del 2014.
La propuesta es sencilla, pero logra interesantes juegos de luz, la cual se filtra a través de los intesticios entre los tubos. ëstos sostienen una cobertura que corona la composición de la fachada, la cual por momentos pareciera estar levitando dada la ligereza del material.
Al interior, el arquitecto nipón ha hecho también uso de tubos de cartón para la composición del mobiliario, como la recepción y algunos de las mesas que tiene un diseño suigéneris.
Al momento de la visita, el pabellón al interior no incluía la exposición original de los trabajos de Melnikov y otros, pero sí trabajos de finales de los 1990s bajo el título de The New International, una muestra que recoge una forma de describir cómo los individuos comparten, entienden o experimentan situaciones de contexto específico sin universalizar sus resultados.
"Estaba interesado en trabajar en Rusia especialmente por la cultura, arquitectura, música y arte rusos, debido a sus conexiones con Japón. Si bien Rusia y Japón son vecinos, tenemos cultuas muy diferentes. Garage es muy conocido en la comunidad artística internacional por sus proyectos progresistas. "
Vivimos
entre objetos, nos movemos por espacios construidos, el mundo se manifiesta a
través de ellos y erigimos nuestra realidad por una suerte de recomposición de
fragmentos de la información percibida e interpretada. La arquitectura no es
pues solo cobijo para nuestro cuerpo, es muchas veces tamiz a través del cual
el orden que rige el universo se hace presente. Orden que es percibido, luego
relacionado y finalmente transformado en significados individuales y
colectivos. Siempre fue así y así estuvo bien.
Habituados
hoy en día a permanecer cada vez más en
espacios virtuales, satisfechos con imágenes fáciles, presurosos en distinguir
nuestras preferencias con un “like it”, reconocemos cada vez menos la función
reveladora de la arquitectura, o en todo caso seleccionamos la información más superficial
y útil en la medida que nos permita permanecer en espacios supuestamente
confortables, haciendo todo ello caldo de cultivo para que germine una
arquitectura mediática que esconde tras epidérmicos alardes formales la
monotonía de la producción estandarizada y la falta de atención a lo que el
contexto le demanda.
Tres
arquitectos que comparten estas preocupaciones se reúnen en un café arequipeño
y acuerdan hacer un post a seis manos (utilizando el teclado del ordenador,
claro está) Cada uno con blog propio se reconocen también habitués de espacios virtuales, sin embargo
se animan a echar un cable a tierra y anclar en experiencias vividas en que la
arquitectura trascendió lo cotidiano y que de alguna u otra manera influyó en
su manera de percibir el mundo o tal vez de reconocerse a sí mismos. Saben del
peligro de su empresa, pues es probable que en el intento de descodificación
parte de la magia que habita en su memoria sea alterada al reconocer la lógica
del mecanismo, pero asumen el riesgo. Tienen la esperanza que a través de estas
experiencias animen a más gente a contar las suyas y así colaborar, aunque sea
en algo a poner la arquitectura en el lugar que le corresponde.
Los arquitectos, con mucha frecuencia,
dividimos nuestra vida en antes y después de nuestro paso por la facultad.
Imagino que lo mismo debe pasar con otras profesiones; la formación profesional
no sólo nos da habilidades y conocimientos, sino que nos enseña a ver con otros
ojos. Es por eso que hablar de una experiencia trascendente de la arquitectura
en términos pre-arquitectónicos se vuelve un reto.
Conocí la “Casa Hundertwasser” un año
antes de entrar a la facultad, en ese período en el que uno anda madurando y
preguntándose una serie de cosas, trascendentales en sí mismas. En medio de un
recorrido turístico lleno de dorados y barroco vienés, terminamos en esa esquina de Kegelgasse donde parecería que
alguien dejó libre acción a un lunático.
El edificio, un multifamiliar, es un
manifiesto. No hay una sola línea recta (“la línea recta conduce a la
perdición”, diría su autor, el pintor F. Hundertwasser). Cada unidad de habitación
es de un color distinto, con lo que la imagen final es la de una especie de
colcha de parches, salpicada de ventanas desordenadas. El primer piso se apoya
en columnas distintas, algunas chuecas, forradas con materiales de reciclaje,
cuyo brillo contrastaba con el cielo.
La rápida visita exterior – porque
nunca llegué a entrar a una de estas viviendas – me enseñó sobre la libertad de
expresión, sobre la economía de recursos, sobre la creatividad y el uso libre
de colores y formas, sobre el cuestionamiento de estereotipos establecidos, y
sobre todo, que la arquitectura es una profesión al servicio de las personas y
que su objetivo es la felicidad. Fue ahí que decidí que eso es lo que quería
hacer.
Años después, luego de sustentar mi
tesis de grado, volví al sitio. En el fondo, quería comprobar si efectivamente
la magia seguía ahí. El edificio fue tan impresionante como la primera vez y,
de algún modo, era como si algún tío mayor y buena gente me guiñara el ojo y me
asegurara que no me estaba equivocando.
Experiencia 2.0
Habitando un relicario:
La Sainte Chapelle de Paris, Febrero de 2014, Gonzalo Ríos, Trampantojo
Resultaba
poco menos que iluso aspirar a tener una experiencia de mediana trascendencia
en un ambiente en donde todo confluía para no conseguirla. La preciosa capilla gótica en donde Luis IX
de Francia, el santo, pasó gran parte de
su vida contemplando las reliquias que adquirió de la pasión de Cristo, era poco
menos que profanada por una horda de turistas en busca del espectáculo banal
que probablemente el día anterior lo vivieron en Euro
Disney y estaban ansiosos de replicarlo. Los guías atentos y acomedidos con
su público se transformaban en bufones solazándose en la anécdota histriónica para conseguir la
risa fácil que seguramente se vería recompensada con un reconocimiento
monetario final.
Vistas exteriores de la Sainte Chapelle. La masividad del nivel de acceso contrasta la ligereza del nivel superior en donde prima la transparencia de los vitrales
Fotos: Eric Rougier
Nada
de góticos radiantes, nada de explicar cómo es que se logró desmaterializar los
muros opacos casi en su totalidad, reduciéndolos a estilizados haces de
baquetones que se separaban hasta convertirse en la frágil estructura de una
bóveda azul que parece levitar sobre vitrales pareados. No eso no era
importante. Tampoco lo era la historia del pobre Luis IX, tan criticado por
gastarse media fortuna en comprar a Bolduino II de Constantinopla la corona de espinas, un pedazo de la cruz, el
hierro de la lanza y la esponja del martirio de Cristo y la otra media en la
construcción de esa capilla cuyo destino era convertirse en un enorme relicario
en donde el monarca pasaría en estado de contemplación días enteros descuidando
seguramente las funciones propias de su cargo. No, de eso nada. El espacio era
de una belleza suprema y estaba agradecido, sin embargo el entorno hostil era
superior a mis ganas de intentar una reflexión más profunda sobre la estética o
la historia.
Vistas Interiores del actual nivel de acceso, en donde se anclan las estructuras que hacen posible la levedad del nivel superior.
Fotos: Eric Rougier
Dispuesto
ya a abandonar la capilla el nublado clima invernal parisino disipó por unos
instantes sus nubes y dio paso a un rayo de luz que penetro al ambiente
atravesando los coloridos vitrales, convirtiendo esta inicial luz blanca en una
emulsión de rojos y azules que inundándolo todo propiciaron una atmósfera en
donde cualquier hecho físico, inanimado o vivo, pareció inmaterial y
perteneciente a una misma substancia. Por unos breves segundos todo pareció
detenerse, paralizarse; el silencio del entorno hostil superficialmente
conmovido, al menos por el breve instante que duró el fenómeno, intensificó la
impresión de cohesión.
Vistas Interiores del nivel superior, máximo exponente del gótico radiante francés con la desmaterialización casi total de los muros en favor de los vitrales.
Fotos: Eric Rougier
Este espacio místico, banalizado por el
uso, lo había vuelto a lograr. Pese a lo
efímero del fenómeno, o tal vez por ello, se me revelaron estructuras
normalmente no visibles del mundo, poniéndome en sintonía con el orden profundo
de las cosas a la que todos estamos sujetos, y también en sincronía con mis
eventuales acompañantes y hasta con el mismo Luis IX, él desde el siglo XIII y
yo desde el XXI entendiendo y dando
significado a un fenómeno revelador propiciado por la arquitectura.
Monumental. Así me pareció la escala
del Capitolio de Chandigarh. Aquel lugar transmitía una sensación de poder
magno, casi megalómano. Estaba hecho para impresionar, aunque parecía no
haberse preocupado en dar cabida al ser humano. En aquella calurosa mañana de
primavera india, hubiera sido muy acogedor sentarse bajo un árbol pero aquella
banalidad hubiera interferido con la colosal perspectiva del espacio, algo con
lo que el arquitecto suizo no estaba dispuesto a transigir.
Salvo indicación, todas las fotografías pertenecen a Carlos Zeballos Velarde
Aún así, me sentía agradecido por
estar parado por primera vez frente a una obra del gran maestro Le Corbusier y
de poder disfrutarla enmarcada por los Himalayas que se perfilan como telón de
fondo hacia el este. Antes sólo había visto reproducciones en blanco y negro
así que era una experiencia estar parado ahí apreciando la monumentalidad del
Capitolio, la solidez de sus volúmenes, la aspereza y plasticidad del concreto
armado y respirar la pasión por el diseño que el maestro suizo supo traducir en
esta obra, desde su trazo urbano hasta la concepción de sus murales y
alfombras.
Había llegado allí con un pariente de
un amigo al que conocí por internet , y que luego de mostrarme de lejos el
complejo, se dispuso a regresar al centro de la ciudad. Cuando le insistí en
aproximarnos, me dijo nerviosamente que era complicado, y que había que pedir
un permiso especial que duraba un día conseguirlo. Pude entender su turbación,
ya que Chandigarh se encuentra cerca de la frontera con Pakistán, en una zona
muy tensa y donde no se escatiman las medidas de seguridad.
Pero no iba a rendirme así no más. Fui
a obtener el permiso a un par de oficinas y la reticencia inicial de los
oficiales se convirtió poco a poco en eficaz colaboración. “Soy un arquitecto,
vengo de Perú, un país pacífico” le dije, convincente (aunque hubiera sido más
exacto decir “un país en el Pacífico”). “Sí, lo sabemos”, replicaron con
severidad, y en ese momento comprendí que ellos no tenían la más mínima idea de
dónde quedaba Perú. Sin embargo, halagados ante la presencia de un visitante
tan exótico, no dudaron en otorgarme el permiso además de muchos souvenirs e
información sobre la ciudad.
Al día siguiente me encontraba de
nuevo en el Capitolio, con sus tres simbólicas construcciones: la secretaría,
el Palacio de la Asamblea Legislativa y la Corte Superior de Justicia. De todos
los elementos del conjunto, fue el Palais de l’Asambleé el edificio que más
llamó mi atención, por su matemática grilla de brise-soleil, imprescindible en
aquel tórrido clima y su fotogénica fachada sur reflejándose en un espejo de
agua.
La grilla aligeraba la fachada de esa
caja rectangular, sobre el cual asomaba principalmente el gran volumen de una
cáscara hiperbólica truncada, una figura escultórica cuya inspiración proviene
de chimeneas industriales.
Habría de recorrerlo custodiado por un
soldado armado con un fusil automático y la seguridad era particularmente
estricta.
Ingresamos al edificio, adornado con
murales diseñados por el propio Le Corbusier, que no había descuidado detalles
en el momento de su gran obra.
Al interior, la luz se filtraba
indirectamente por los brise-soleil y daba un efecto de profundidad a aquella
sala hipóstila, reminiscente de los templos clásicos que el maestro había
admirado en su viaje de descubrimiento por Grecia.
En medio de aquella trama de columnas
emergía, como un volcán impetuoso, el volumen de la asamblea.
Izquierda y centro, Fotos cortesía de Fondation Le Corbusier. Derecha, foto Carlos Zeballos
Entonces, nos acercamos a la cámara
legislativa, que por suerte se hallaba en receso y podía ser visitada. Ni los
libros sobre el maestro suizo ni los tratados sobre arquitectura moderna, nada
podría haberme preparado para aquella impresión. El espacio, moldeado en
aquella cáscara de apenas 15 cm de espesor, se alzaba monumental sobre los
asientos tapizados de los legisladores. La sección truncada con la que
culminaba la hipérbole acentuaba su direccionalidad y su geometría favorecía la
acústica. La estatura del espacio obedecía también a fines climáticos, ya que
permite la circulación de aire por conducción.
Pero aquél no parecía un espacio
cívico, sino uno sacro. La luz filtrándose indirectamente producía un efecto
espiritual que volvería a encontrar algunos años después en la capilla hecha por Le Corbusier en Ronchamp. Sin embargo, a diferencia de las paredes blancas
de aquella, la epidermis de concreto de la sala se hallaba cubierta por
coloridas láminas de aluminio, que como una infección reptaban produciendo
manchas de color.
Fotos cortesía de The Tribune
Era un momento sublime, que no parecía
ser compartido por el cancerbero que me acompañaba, quien insistía en que las
fotografías estaban estrictamente prohibidas. Traté de impregnar en mi memoria
cada detalle de aquel momento sabiendo que probablemente esta experiencia no se
repetiría. Traté de respirar al máximo ese espacio bello, magno, dramático.
Pero en aquel momento, un gesto poco amigable del soldado me indicó que la
visita había acabado.